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Todos en el cielo
Todos en el cielo, jugando ajedrez. Porque el cielo no es otra cosa que hacer siempre lo que a uno le gusta, y porque lo que a ellos les gusta es eso: jugar ajedrez. Siempre.
Y hubo un tiempo en que allí, en el cielo, ninguno brillaba por sobre el resto.
Porque sí, está bien: Capablanca y Alekhine solían dominar las partidas pensadas de los lunes; pero el que ganaba las semirrápidas de los viernes era, casi siempre, Tahl. Najdorf, en cambio, brillaba en las partidas a ciegas de los miércoles, y Lasker y Nimzovich en las partidas amistosas (sin reloj) de los domingos.
También organizaban (claro) campeonatos mundiales. Y en esto también estaban parejos.
Una vez lo ganó Botvinik. En otra ocasión, el título de campeón celestial fue para Tarrash. Pero también Keres conoció el trono. Y también Tartakower. Y Anderssen.
En fin, lo dicho: el nivel de ellos era parejo. Al comienzo de los torneos no había favoritos y eso cargaba, a los ángeles y a los hombres, de ansiedad y expectativa.
Pero ocurrió un día que un hombre alto, rubio y flaco subió las nubosas escaleras ajedrezadas de la sala de juego y pidió que lo anotasen para el próximo torneo. Como el árbitro le pidiese sus datos personales, el hombre, sencillamente, se limitó a contestar:
“Soy Fisher”.
Y a partir de entonces se rompió el equilibrio, porque el hombre alto, rubio y flaco ganó todos los torneos.
Ganó las pensadas de los lunes.
Ganó las semirrápidas de los viernes.
Ganó las amistosas (sin reloj) de los domingos.
Ganó las partidas a ciegas de los miércoles.
Y también ganó por muchos (muchísimos) años, todos los campeonatos mundiales.
Y esto fue así, por mucho tiempo. Y esta situación llenó de rabia a los demás jugadores porque el hombre alto, rubio y flaco, era el mejor de todos.
Hasta que llegó el día en que un hombre bajo, enérgico y corpulento vino corriendo hasta la sala de juego para solicitar su inscripción en un torneo. Y como el árbitro le pidiese sus datos personales, el hombre, sencillamente, se limitó a contestar:
“Soy Kasparov”.
Y a partir de entonces fue la desazón de todos los jugadores, porque el hombre bajo, enérgico y corpulento, ganó todos, (pero todos) los torneos.
Ganó las pensadas de los lunes.
Ganó las semirrápidas de los viernes.
Ganó las amistosas (sin reloj) de los domingos.
Ganó las partidas a ciegas de los miércoles.
Y también ganó, por muchos, muchos años, todos los campeonatos mundiales.
Y esto fue así, por décadas. Y esta situación deprimió completamente a los demás jugadores porque el hombre bajo, enérgico y corpulento, era el mejor de todos.
Pero el reinado de este hombre un buen día se terminó. Porque ocurrió una vez que un muchacho humilde, moreno y bondadoso llegó silbando hasta la sala de juego y pidió que lo anotasen para el próximo torneo. Y como el árbitro le pidiese sus datos personales, el muchacho, sencillamente, se limitó a contestar:
“No importa cómo me llamo. Ponga que soy de Berisso”.
5-11-08